Primarias, listas abiertas y otros mitos eróticos de la democracia

Lo habéis oído porque no se ha dicho poco ni nada que hay que obligar a que los partidos tengan procesos de primarias y listas abiertas porque así vamos a ser todos más rubios, tendremos los ojos más azules y seremos más altos y más guapos, y los angelitos del cielo harán pipí perfumado desde las nubes. Lo habéis escuchado alguna que otra vez, ¿no? Pues eso.

Pero vayamos por partes: Primero la piel, luego las tripas.

Primarias y listas abiertas son las dos caras de la misma moneda: La participación ciudadana en la vida política. Sin primarias, los afiliados sólo cuentan en un partido cuando desde el Gran Índice hasta el minimeñique van señalando a los afiliados afines al todopoderoso líder. Sin listas abiertas, los votantes sólo pueden escoger una lista. Es como el paquete todo en uno de la operadora de teléfono. O lo coges o te vas a la competencia. No hay más.

Todo ello es muy frustrante para el afiliado y el elector en general. Tanto el uno como el otro se sienten ninguneados. Y con razón.

El sistema actual tiene todas las ventajas e inconvenientes de los sistemas feudales.; y como, en cualquier caso, no vivimos en la Edad Media, no procede. En todo caso, por resumir la situación: Si los señores son buenos y justos, el ciudadano puede vivir más o menos tranquilo; pero si no lo son, el ciudadano vive bajo el expolio del señor sin derecho siquiera a réplica. Y si alguien me va a decir que, según esta analogía, los señores que nos han tocado padecer son unas joyas, pues sí, no le demos vueltas: Nos ha tocado lo mejor de cada casa…

El problema es que ni una ni otra medida garantizan una mejora de la calidad democrática de nuestro país. Al menos no, si entendemos que democracia es mucho más que meramente poder votar. Democracia es, o al menos yo así lo entiendo, un sistema que tiende a la erradicación de los abusos y las tiranías. Un sistema diseñado para que unas y otras partes ejerzan control entre sí y ninguna pueda pisotear a la de al lado. Y sí, si me vais a decir que, según esto, lo que tenemos en España se parece a una democracia lo que un huevo a una castaña, pues una vez más os diré que estoy de acuerdo. (Os recomiendo “Mayorías, pactos y tiranos“, de Javier Benegas).

El caso es que tenemos en España la mala costumbre de confundir los recursos con la solución; y lo cierto es que primarias y listas abiertas son recursos válidos y de gran capacidad de cambio para optimizar nuestro modelo democrático. Mejor aún, las sinergias de éstos con los demás elementos de la democracia, como la separación de poderes, la libertad de expresión o la insalvable y fundamental igualdad ante la Ley, no devienen meramente en mejores aprovechamientos sino que, bien utilizados, son recursos que permiten obtener más democracia y de mejor calidad.

Pero son recursos, no soluciones. La calculadora permite al ingeniero hallar la solución, pero no es la solución del problema. La solución la tiene que aportar el ingeniero con sus conocimientos y experiencia, y la firmeza de su compromiso en la resolución del mismo.

Democracia no es que haya listas abiertas o primarias. Democracia no es meramente poder votar cada cuatro años. Puede haber elecciones sin democracia, como es el caso de Venezuela o China.

Para que exista democracia la gente se tiene que concienciar y comprometer en la defensa de unos valores que son los que dan forma a la democracia, y la hace ser garante de libertad y progreso en el mundo civilizado. Valores como el elemental respeto a la esencia misma del modelo democrático que es que el poder le pertenece al pueblo. Y me atrevería a decir que, junto con el terrorismo de estado y la equiparación de víctimas y verdugos, no hay mayor deprecio a la democracia que la corrupción, que en definitiva significa aprovecharse de la confianza dada para representar los intereses de los ciudadanos en beneficio propio, despreciando así la voluntad popular. La corrupción no es sólo una forma de robo con corbata, es la violación de la voluntad popular.

Tanto los procesos de primarias como las listas abiertas son herramientas fundamentales para mejorar nuestra democracia; pero sin estos valores, primarias y listas abiertas no serán más que el paripé de una sociedad que quiere poder mirar para otro lado con la cabeza alta y la conciencia tranquila. Sin convicciones democráticas, las primarias suponen un reparto de cromos entre las cúpulas de los partidos; y las listas abiertas, el asalto a las listas de los más corruptos.

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