Manuela Carmena como síntoma

Ya no os los voy a presentar, porque a estas alturas es imposible que no conozcáis a Guillermo Zapata, el chico del sentido del fino humor nazi, o a Pablo Soto, el de la relaxing guillotina en Puerta del Sol.

No quiero ahondar sobre sus andanzas. Si Guillermo Zapata o Pablo Soto son unos desgraciados por lo que les hace gracia o por lo que dicen o callan o pretenden no es objeto ya de este post, porque sobradamente está todo dicho sobre este tema a lo largo y ancho de las redes sociales y los medios de comunicación, nacionales o internacionales.

Pero hay un par de cuestiones de fondo que me parecen fundamentales en este asunto:

¿Qué criterios sigue la población para elegir a sus representantes?

Es para meditar qué méritos y qué perfiles son los que han hecho a la candidatura de Ahora Madrid (o sea, PODEMOS y otros grupos de la izquierda radical) merecedora de la confianza de los ciudadanos:

¿Qué clase de gentío amoral hace representante suyo a sujetos como estos? Si no lo sabían porque no les importó lo que votaban, si lo sabían porque apoyan estas barbaridades grotescas y violentas… El escenario moral que ofrecen quienes depositan su representación en gente de esta catadura moral sólo sirve para representar tragedias, historias de la degeneración popular.

En España somos tan tontolerantes que hemos escogido a los inadaptados del insti para que sean nuestros alcaldes. Y algunos aún lo llaman un “éxito de nuestra democracia”. ¡Como para no celebrarlo!

Ante la abalancha de críticas, Manuela Carmena ha aparecido ya en los medios para dar su respuesta a lo sucedido. Sus declaraciones han sido muy claras: Guillermo Zapata TAL VEZ deba dimitir. Pablo Soto, por otra parte, no. Es un buen chico, recogido de la calle y la indignación y oye, ahora ya está integrado en la sociedad. Mérito más que suficiente para ser concejal.

En un mundo sano, la cabeza de lista de una candidatura habría escrutado con lupa a cada uno de sus compañeros de candidatura y por supuesto, bajo ningún concepto hubiera permitido a ninguno de los anteriores formar parte de ella.

En un mundo sano, habiéndose colado en la papeleta semejantes energúmenos hubiesen sido instantáneamente fulminados de sus puestos al conocerse.

Pero claro, España no está bien, tiene una grave enfermedad que se llama amoralidad; porque lo cierto es que Rita Maestre no profanó la capilla de Somosaguas ayer y por sorpresa, a medianoche cuando nadie la veía. Lo hizo a plena luz del día y con el arropo y la cobertura de todos la que la vitorearon. Pablo Soto no dijo las palabras sobre Gallardón en una cafetería con sus cuatro amigos, desahogándose de su frustración sino en Twitter, que es un medio abierto al público, para que constasen sus palabras y fueran conocidas. Y otro tanto se puede decir de Guillermo Zapata. Y de ambos se puede decir también que ninguno se disculpó acto seguido de haber soltado semejantes barbaridades. A ninguno le dolió. Ninguno sintió en su momento arrepentimiento de ninguna clase.

España tiene una grave enfermedad que se llama amoralidad y que la lleva de la mano de lo políticamente correcto por el camino de su ruina.

En una España moralmente sana, hoy los votantes de Ahora Madrid proclamarían muy alto y muy claro que no sabían que habían puesto su voto en estas alimañas y estarían ante la puerta del ayuntamiento pidiendo sus cabezas. Ellos, los primeros. Pero claro, eso sería en una España con una salud moral aceptable. En la que vivimos, si pensamos que ya los conocían y que fue por eso por lo que los votaron, probablemente no nos equivoquemos.

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