La mala comunicación, de Pedro Arriola

No sé cuántas veces sonará en el campanario popular el repique de la mala comunicación.

Pedro Arriola es ese hombre siniestro que cocina encuestas y se las muestra al líder de turno. El coco de la derecha, las cincuenta sombras de Aznar y la fuente de los complejos de los maricomplejines. Pedro Arriola vuelve una y otra vez a sus oscurantismos cabalistas, sus predicciones astrales, sus líneas en la mano. Ahora pronostica grandes victorias a Mariano, como otrora lo hizo con Josemari. Es un Nostradamus electoral: “La espada del centrismo caerá sobre el populismo y los que antes dudaron después te aclamarán”. Y ahí es donde mueren los principios: Donde comienzan las encuestas. Esta es la cara A del cuento, la de Arriola.

Y aquí es donde empieza la cara B. La cara B (Bárcenas aparte) es la del mantra: “El Partido Popular todo lo hace bien, menos comunicarse“. Falla en comunicación. ¡Pobre Partido Popular! Desde su refundación como Partido, tras dejar de ser Alianza, han pasado años y se han sucedido los ciclos económicos, las crisis, las burbujas y las citas electorales; pero chico, en todo este tiempo, durante el cual el Partido Popular ha tenido clarísimo que falla en comunicación, no han tenido ocasión de contratar buenos asesores en el tema que les ayuden a sobrellevar su personal cruz comunicativa. Pues no. El Partido Popular tiene un grave fallo de comunicación. ¡Y tanto!

Como Pedro sabe que al final del camino de las baldosas amarillas llega el Óscar de la victoria electoral, el líder calla, habla de perfil o de mediolabio, deja entrever sus firmes convicciones pero sin mojarse demasiado; y al final, lo que las bases votan es su deseo de que sea cierto lo que ellos creen que dice el líder, pero que no dice, porque las elecciones no se ganan desde los principios sino desde las ambigüedades y las habitaciones amplias donde cabe todo el mundo. Eso que se llama el centro.

Pero sin duda, la culpa de la mala comunicación no la tiene el centro, ni la búsqueda del centro, ni los que embarcan a sus seguidores en peregrinajes al centro sin final a la vista, sino la mala educación que asienta unos principios que no son realistas y genera unas expectativas que no se pueden cumplir.

A mí me gustan los cuentos como al que más; pero este, de tan repetido, resulta aburrido. Y entre nosotros: ¿Y si además no es cierto?

¿Y si Arriola no es el culpable, sino la excusa? 

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